“Desde la creación del Ejército de Liberación Sirio (ELS) que protege a los manifestantes, muere más gente en casa que en las protestas”, revela desde Homs Abu Thaer, quien tras catorce años en el Ejército del régimen, decidió abandonar cuando recibió la primera orden de disparar contra los manifestantes. Como él, entre 30.000 y 40.000 integrantes han desertado durante estos meses de represión y, aunque carecen de datos oficiales, estiman que más mil han sido reprobados con la muerte.

Desde que comenzaran las protestas a mediados de marzo, el régimen de Bachir Al Assad no ha permitido la entrada de medios de comunicación ni de observadores internacionales que puedan comprobar que los más de 4.000 muertos, según el último informe de la ONU, son víctimas de grupos “terroristas y criminales” bajo el mando de una conspiración exterior, como alimentan desde el mensaje oficial.
A raíz del bloqueo, cuando Abu Thaer, oficial desertor del Ejército, narra cómo el sábado fueron asesinados un padre y sus tres hijos de 11, 14 y 16 años en una vivienda de Homs, debe hacerlo a través de una conversación vía Internet (cuyo control y censura esquiva con programas de suplantación). Porque Siria sigue cercada, aunque este lunes el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, Yihad Makdesi, ha respondido positivamente al nuevo ultimátum de la Liga Árabe para cesar la violencia y abrir sus fronteras a la mirada internacional. Todavía falta firmar el protocolo, algo en lo que “no confían” los activistas, ya que este mismo acuerdo ha sido incumplido anteriormente, y Damasco ha desatendido hasta el momento la suspensión como estado miembro en la institución árabe, las sanciones económicas impuestas por los países de la región y de la Unión Europea, y las resoluciones condenatorias de Naciones Unidas. Pese a todas las reprimendas exteriores, noviembre se ha convertido en uno de los meses más sangrientos de la revuelta-represión con un balance de 750 víctimas, entre los que se cuentan decenas de desertores del Ejército y 59 menores.
“Hay tres tipos de prófugos. Los que se esconden porque tienen miedo, los que se unen al ELS y los que se mantienen dentro de los escalones militares como cómplices para pasarnos información”. Él pertenece al segundo grupo, por lo que su vida se sostiene sobre un juego de identidades y canjes de documentos para sortear los controles que brotan aleatoriamente no solo entre ciudades, sino entre barrios y vecindarios. “No temo por mí, pero temo por los míos”, reconoce como padre de familia de 46 años. Ha tenido que separarse de sus hijos y cada día recorre la región de Homs en busca de un nuevo lugar donde refugiarse para burlar la localización de su paradero. El resto del tiempo, cuando el régimen devuelve la electricidad, lo pasa en Internet coordinando acciones con los integrantes del Ejército de Liberación. “Cuando asistimos a una manifestación el primer punto es alertar de la llegada de fuerzas de seguridad; si éstas vienen, nos desplegamos y protegemos a los manifestantes”. Asegura que éste es el cometido del llamado “Ejército de la gente” y se desvincula del ataque del 16 de noviembre contra una base de inteligencia, cerca de Damasco, que se reivindicó como respuesta al asesinato en Daraa de 34 soldados y un oficial de seguridad los días previos. “Los ataques que se están produciendo no están ordenados por el coronel desertor Riad Al Assad, líder del ELS. Son cometidos por grupos independientes”.
Zaer es conocedor del malestar creciente entre los soldados y no descarta que en las próximas semanas aumente notablemente el número de deserciones. “Entonces veremos a todos los altos cargos huir del país”, vaticina sobre el esperado final que, “inshalla” [Si Dios quiere], confía en que llegue “tan pronto como sea posible porque la resistencia va a continuar”.
Homs: muertes, basura y escasez de alimento
Homs es considerado el núcleo fuerte de la oposición. A principios de noviembre fue declarada “área de desastre humanitario”, cuando en plena festividad del Eid Al Adha, (una de las celebraciones más importantes del calendario musulmán) sufrió un asedio de cinco días. Hoy Homs es una de las regiones que más severamente recibe los azotes del régimen. Pero no todos padecen la carencia de gas (y por tanto de calefacción con temperaturas invernales), los cortes prolongados de electricidad, la falta de recogida de basura y la escasez diaria de alimentos. Solo aquéllos que viven en los barrios de los “revolucionarios” que, en el caso de Homs, son la mayoría. En los vecindarios donde cuelga la foto de Al Assad como muestra de apoyo al régimen, “el gobierno provee todos los productos básicos”.
Es también la zona donde más deserciones del Ejército se han producido. “Aquí nos sentimos más seguros con el ELS y por eso casi toda la información que llega fuera procede de las manifestaciones de Homs. Más de diez cada día y con el tiempo se está uniendo más gente, pero hay que tener cuidado. Las grabaciones o fotografías es mejor hacerlas de espaldas. Las fuerzas de seguridad identifican a los manifestantes y luego les atacan en sus casas”, instruye el activista Abo Fares desde el interior de Siria.
Pese a la dura represión, la oposición está solidamente organizada fuera y dentro de sus fronteras. “No se trata solo de ir a manifestaciones”, aclara Abo antes de enumerar la lista de comités que trabajan por la resistencia: un comité médico para asistir a los heridos en sus propias casas, ya que temen acudir a los hospitales públicos y militares porque algunos de ellos son parte de la maquinaria represiva del Al Assad, como ha reconocido Amnistía Internacional; un comité humanitario y de Derechos Humanos, un comité financiero, que soportan los “hombres de negocios” y simpatizantes de la revolución para ayudar a los damnificados y a los refugiados; y un comité de medios de comunicación; “porque en esta ocasión no va a pasar como en 1982 cuando el padre de Al Assad, Hafez, bombardeó Hama y mató a más de 10.000 personas por un levantamiento islámico. Ahora tenemos la posibilidad de contarlo, y tenemos que hacerlo para que se sepa lo que está ocurriendo”.
Idleb y Daraa son otras dos de las regiones administrativas brutalmente reprimidas por el régimen. Abo reconoce que “la situación está muy mal”, pero se niega a hablar de “guerra civil”. “Es el juego sectario que siempre ha utilizado Bachir y su padre para enfrentar a las confesiones – en un país de mayoría suní, gobernada por la minoría chií-alauita a la que pertenece la familia Al Assad –, pero no se trata de esto”. Abo Fares y Abu Thaer (pseudónimos activistas) comienzan a plantearse la necesidad de una intervención internacional. No es algo que realmente deseen pero las alternativas se agotan cuando se enfrentan a un enemigo que es capaz de atacar a los civiles durante la celebración de los funerales de las víctimas. Las muertes son un goteo imparable. “Lo que está claro es que necesitamos el apoyo diplomático de la comunidad internacional, que reconozca al Consejo Nacional Sirio (CNS)” como representante legítimo.
“No somos Líbano”
Rima Flihan huyó de Siria en el mes de abril. Se encuentra en busca y captura pero no teme dar su nombre y abrirnos las puertas de su casa en Amman, Jordania, donde se enerva viendo las declaraciones televisivas de los aliados de Al Assad. Recién llegada de Turquía, ha sido una de las siete participantes del CNS en el primer encuentro que mantuvieron el pasado 28 de noviembre con el ELS, donde se han reconocido mutuamente. “Ahora falta que nos reconozca la comunidad internacional”, valora.
Allí han consensuado las posibilidades de coordinación entre las dos instituciones y han firmado un memorando, donde vuelven a insistir en que no afrontan la situación como una guerra civil. “El Ejército de Liberación Sirio es un cuerpo nacional y patriótico para proteger a los civiles en las manifestaciones pacíficas, no un Ejército sectario”, explica Flihan. “No somos Líbano”, sentencia subiendo el tono. Sin embargo, como Abo es consciente de que la violencia puede ir en aumento y que la severa respuesta del régimen está enfrentando a las diferentes facciones de la población. “Pero aquí hay solo dos mandos: los sirios que demandan libertad y el régimen que se niega a abandonar el poder”.
Desde su pertenencia a las secretarías generales del CNS asegura que, con condiciones, la organización estaría dispuesta a sentarse a dialogar con el régimen. “Que dejen de detener y matar a la gente” y que se haga bajo el amparo de observadores internacionales. “Entonces estaremos preparados para llevar a cabo un único objetivo: transferir el poder. Porque tienen que asumir que están acabados”.
Fotos cedidas por activistas

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