Fuente original en árabe: AHEWAR
Tradución al español para AISH: Ana Abarquero
El ser humano árabe no tiene nada de especial, como pretenden muchos analistas e intelectuales, sino que pertenece a la especie humana, con todas las complejidades y las relaciones que entraña esa pertenencia.
De todo el mapa del mundo árabe, vamos a encontrar que la arabidad estaba prácticamente restringida a la península arábiga y, quizá, a su entorno más o menos cercano. Las civilizaciones que iban encontrando los árabes [en su expansión] ni estaban en tierras vacías ni eran simples tribus , sino que se trataba de civilizaciones antiguas. Sus habitantes se mezclaron con los árabes musulmanes en diferentes grados, de manera que, en sus inicios, el islam no impuso por la fuerza a los nuevos seguidores que renegasen de todos sus liturgias, sino que muchas de ellas perduraron escondidas o sorteando los controles sociales que se crearon también por creencias y prácticas que muchos pensaron que pertenecían a otras confesiones. A eso hay que añadirle que las civilizaciones contemporáneas no se afirman a partir de su origen, ya que las etnias son muy difícil de rastrear, sobre todo si hay que remontarse a los inicios de la humanidad o de algunos grupos. A estas cuestiones para las que no se ha encontrado una solución, hay que sumar las complejidades del mundo árabe.
¿Cómo se puede definir una zona que está repartida por continentes? Eso no es pretexto para que, una nación no sepa cuál es su etnia; así cada país árabe tiene su nombre histórico, previo a las conquistas islámicas: Egipto, Siria, Irak y Marruecos, son nombres que están lejos de reflejar una identidad étnica. Pero una vez que entró la política, y se creó el Estado de Israel, el pueblo árabe resurgió en más de una forma, para rechazar lo diferente, hasta el punto de que la división del mundo árabe pasó a ser una invitación a buscar otra definición para ese origen histórico; un origen que ignora muchas minorías culturales que se entremezclaron con la cultura árabe y a la que enriquecieron a desde el punto de vista cultural, así como desde el intelectual e, incluso, el religioso.
Tal vergüenza histórica ha empezado a aflorar en forma de rechazo a esas prácticas que se aceptaban porque estaban disfrazadas de lo que es, en realidad, religión. Pero cuando surgieron las diferencias religiosas entre los propios países árabes, y el asunto pasó a ser un ajuste de cuentas sectarias, las culturas no árabes empezaron a moverse y mostrar lo que estaba oculto. Eso ha ocurrido a través de diversas generaciones: lo que los abuelos han aceptado, los nietos quizá lo rechacen, con el argumento de que querer ser distintos y conservar su identidad tal como había sido antes de la intromisión de otras civilizaciones y de las prescripciones.
Si el mundo árabe realmente hubiera perseguido su unidad, no se habría fundado sobre el origen étnico, sino sobre la cultura, que proporciona un modelo unitario de pensamiento antes que un modelo político; también se podría haber evaluado el desafío económico con unidad —sin dejar de reconocer las diferencias lingüísticas e históricas, e incluso las religiosas—, para crear así instituciones modernas y libres basadas en la ciencia y no en fábulas literarias y sagradas, que es lo que hizo el antiguo califato; y para superar la idea de superioridad, todo ello sin hacer como si el mundo árabe fuera el mejor de los Estados o la mejor de las culturas.
Todo esto está condicionado por el hecho de que el progreso cultural es la base del desarrollo político y económico, y le da seguridad. No hay una identidad completa ni una identidad étnica absoluta. Por el contrario, en deshacerse de esas dos fantasías y en aprovechar la oportunidad de llevar a cabo el progreso y la unidad —lejanos a la lógica de las provocaciones racistas y religiosas— entre los pueblos, en desechar todos los usos de la idea de arabidad y en descartar que la unidad sirva a antiguos proyectos sectarios y autoritarios (en cuya religiosidad reside el deseo de explotarla para atacar a los compatriotas antes que a los enemigos), en todo esto se encuentra el pensamiento árabe.

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