Desde Turquía a Iraq, Siria, Líbano, Palestina y Jordania se extiende una amplia zona llena de culturas y problemas a un mismo tiempo: variedad cultural, nacional, religiosa y confesional por un lado, y problemas complicados y crónicos que se han acumulado durante más de un siglo por otro. En vez solucionarse con el tiempo, estos problemas han empeorado aún más por culpa de la política. Así, a los problemas árabes, judíos, kurdos, cristianos y armenios, se ha unido un nuevo problema chií, y hoy nos enfrentamos a lo que podría llamarse el problema alauí.
Las últimas declaraciones del ministro de Exteriores ruso, Sergei Lavrov, sobre el miedo que le producía el posible establecimiento de un gobierno suní en Siria en la etapa post-Asad, son un mal presagio que no carece por ello de relevancia. Es como si nos hubiera llevado de nuevo a finales del siglo XIX, cuando la Rusia cesarista quería jugar el papel del protector de los ortodoxos en Oriente Medio en su enfrentamiento con las principales potencias europeas coloniales en aquel entonces. Es como recuperar las “paranoias de las minorías”, que no hay forma de tranquilizar si no es con las garantías de las grandes potencias.
LEER MÁS: versión original en árabe en AL HAYAT versión en castellano en TRADUCCIONES DE LA REVOLUCIÓN SIRIA.

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