Para los países árabes el Plan Annan es la última oportunidad para salvar Siria. Evitar una guerra civil abierta, la implosión del país y de su pueblo abocado al enfrentamiento sectario. Pero la esperanza abierta por el enviado especial de Naciones Unidas, Kofi Annan, se disipó al día siguiente de su anuncio, cuando se siguieron reportando ataques con decenas de muertos y heridos, y volvieron a repetirse los mismo mensajes de la comunidad internacional instando a Bachir Al Assad a la implementación de los seis puntos a los que se había comprometido: apertura de un diálogo integral con la oposición, el cese de los enfrentamientos por las dos partes y la retirada de los tanques de la calle; dos horas de tregua diaria para evacuar a los heridos y la liberación de los presos detenidos durante el año de protestas.
En realidad no ha ocurrido nada diferente de lo visto hasta ahora. En los meses de noviembre y diciembre, permitiendo la entrada de una misión de observadores árabes, Bachir Al Assad también aceptó un protocolo de Paz, en las dos ocasiones, propuesto por la Liga Árabe. En ningún momento los llevó a la práctica. Por el contrario, aumento su ofensiva contra las poblaciones en las que se hacía fuerte la oposición como ahora sigue atacando Hama, Homs y Deraa, las regiones más castigadas. Homs vivió durante más de un mes una encarnizada agresión militar que comenzó en febrero horas antes de la votación de la resolución del Consejo de Naciones Unidas que pedía la cesión del poder del régimen. La iniciativa fue vetada por Rusia y China, pero Al Assad ya había enviado el mensaje de que nadie se atreviera a inmiscuirse en sus asuntos internos. Los ataques diarios y la muerte de dos periodistas occidentales, víctimas del bombardeo del Centro de Prensa improvisado de Baba Amr, aumentó la tensión de la comunidad internacional, a la vez que su impotencia. Probada la inactividad de Naciones Unidas, más de 70 países árabes y occidentales crearon una coalición, llamada Amigos de Siria, que reconoce al Consejo Nacional Sirio como representante legítimo, pero que no ha conseguido acometer ninguna iniciativa práctica que haya hecho recular al régimen.
Mientras, Al Assad ha seguido supuestamente aplicando las reformas políticas anunciadas como si nada sucediera en Siria. Celebró un referéndum en febrero, con combates y violencia en parte del país, y anunció la convocatoria de elecciones legislativas bajo la nueva Constitución recién aprobada para mayo. Como si estuviera accediendo a las demandas democráticas de la calle, pero sin vincular sus reformas políticas a las manifestaciones, que para él no existen. El sistema oficial insiste en que están enfrascados en una lucha contra agentes externos y grupos terroristas que pretenden desestabilizar el régimen.
La única variable vuelve a ser la intensidad de la violencia y la aparición de la venganza porque, según denuncia Human Rights Watch, grupos armados de la oposición han entrado en la espiral torturando, raptando y ejecutando a partidarios del régimen. El periódico panárabe Al Quds Al Arabi valoraba en su editorial que el Plan de Kofi Annan responde a las “demandas del régimen” al aceptar que las dos partes, poder y oposición, usan la lucha armada. El deterioro de los derechos humanos en el país es progresivo y la represión del régimen un arma sistemática que nadie sabe cómo detener. La última estimación de Naciones Unidas supera los 9.000 muertos.
Parece que la intervención exterior ha sido descartada por el momento, a menos que Al Assad vuelva a poner contra las cuerdas a la comunidad internacional, pero el régimen pondera convenientemente sus ataques para no sobrepasar la línea que fuerce a una entrada incuestionable. Aunque Arabia Saudí y Qatar se muestran impacientes por ver el desenlace que todos esperan, o esperaban, porque el Plan Annan puede haber dado un revés a las expectativas regionales al evitar hacer referencia a la caída de Al Assad. El documento plantea un diálogo en el que deberían olvidar lo ocurrido y abrir una línea de negociación, difícilmente asumible para parte de la oposición.
Los líderes del Golfo no consiguen convencer a Estados Unidos para que armen a los grupos opositores y eso obliga a seguir esperando nadie sabe bien el qué. La Liga Árabe reunida esta semana en Bagdad solo ha podido consensuar su apoyo al Plan de Kofi Annan, aunque Arabia Saudí y Qatar se quedan con las ganas de precipitar la caída y poner a un Gobierno suní que aleje la influencia de Irán en la región. El pasado domingo, los Amigos de Siria volvieron a lanzar los mismos mensajes, incapaces de conseguir acuerdos de hecho, ya que las posiciones no han variado, son las mantenidas hasta ahora en los diferentes foros regionales e internacionales: ONU y Liga Árabe.
Por tanto, si para los países árabes el Plan Annan es la última oportunidad, y Al Assad ha decidido no implementarlo y se ha negado a retirar los tanques de la calle, la historia vuelve a aquel principio en el que nadie sabía qué hacer con Siria. Pero un año después, el desgaste ha llevado a un país a la deriva, forzado a un enfrentamiento civil y con un contador de muertos que asciende cada día.

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