Fuente original en árabe: Alquds Alarabi
Traducción al español para AISH: Isabel Ureña
Durante el reinado de Faruq I, el lema que se alzaba en Egipto era «la unidad del Valle del Nilo», un río que corre por Egipto y Sudán. A pesar de que entones estaba bajo el mando de los británicos, Sudán nunca consideró Egipto una colonia, sino que más bien desarrolló el Movimiento Nacional Sudanés, el cual prosperó en Egipto. Es decir, para muchos Egipto y Sudán tienen lazos históricos que no se ven deteriorados por acontecimientos puntuales; basta con desplazarse a Merowe, al norte de Sudán, para ver decenas de pirámides, muchas más que en Egipto, o la similitud que existe entre la grafía merowí y la faraónica. Asimismo, la cooperación militar y política que une a Egipto y Sudán existe desde tiempos inmemoriales. Tampoco hay duda alguna de que las características de la población de Nuba son una combinación de la personalidad egipcia y la sudanesa.
A pesar de todo esto, es cierto que los dos países han tenido diferencias en cuanto a la distribución geográfica, básicamente, por las aguas del Nilo. Sudán sigue caracterizándose por contar con una tasa elevada de precipitación, lo que le proporciona una situación mucho más favorable que la de Egipto, país que emplea una importante cantidad de este agua. Eso llevó al historiador Heródoto a afirmar que «Egipto es la brisa del Nilo». A lo largo de la historia, Egipto nunca se ha visto amenazado, ya que el flujo de agua hacia sus tierras es continuo. Por lo tanto, los países que ven nacer el Nilo no necesitan su agua ya que, primero, gozan de una tasa elevada de precipitaciones; y, segundo, la fuerza de la corriente del Nilo a la altura de la Meseta etíope impide controlar el agua para su uso.
El problema al que se enfrenta ahora Egipto no está relacionado con el agua que llega hasta sus tierras o con la necesidad de agua por parte de los países de donde llega esa agua, sino, más bien, con el papel que puede desempeñar en Oriente Próximo, sobre todo con la aparición del sionismo en la zona. Conocido es por todos que las relaciones egipcio-israelíes fueron de carácter hostil al principio, cuando Egipto estaba dispuesto a atacar Israel. Sin embargo, la situación cambió durante el gobierno de Sadat tras la firma del acuerdo de paz con Israel, si bien esto nunca ha supuesto para Israel una tranquilidad absoluta; de ahí que Israel no quiera volver a aquella etapa de amenazas con Egipto. Para ello, necesita tener influencia sobre los recursos hídricos que llegan a Egipto, ya que si este país no tiene la potestad para administrarlos, pueden convertirse en su único punto débil. Gracias a su arsenal de armas nucleares, Israel acabó con cualquier amenaza posible por parte de Egipto. Es más, se filtró la noticia que en el momento en que Israel recibiera cualquier tipo de amenaza, destruiría la gran Presa de Asuán, lo cual provocaría que todo Egipto quedara anegado.
Todo indica, pues, que Israel no espera establecer una relación natural con Egipto. Tras el estallido de la Primavera Árabe, la preocupación de Israel ha ido en aumento ya que estas revoluciones han supuesto el ascenso de los islamistas al poder, lo que para Israel supone una amenaza real que hay que afrontar con una postura estratégica. He ahí la razón de su intromisión en países centroafricanos a fin de provocarlos para que exijan la celebración de acuerdos nuevos acerca de la distribución de las aguas del Nilo; eso es lo realmente pretende. La situación se ha vuelto más peligrosa tras la separación de Sudán del Sur, en la que se dice que Israel también tuvo algo que ver.
A pesar de todo ello, Egipto sigue afrontando esta situación de inseguridad a la manera tradicional, por ejemplo buscando mejorar sus relaciones con Sudán del Sur y creando un espacio para fomentar el entendimiento mutuo con Etiopía. Sigue actuando como si la cuestión no fuera nada más que diferencias políticas, y no estratégicas, para alcanzar objetivos sobre los que no se ponen de acuerdo. Hasta el momento, Egipto simplemente le da importancia a su relación estratégica con Sudán, que satisface los intereses de ambos países y sin la cual ninguno de los puede lograrlos. Esto quedó claro en la sesión especial que celebró el Comité de Asuntos Exteriores, presidido por Issam al-Arian, en el Parlamento egipcio a fin de establecer el modo de instaurar relaciones nuevas con los países de la cuenca del Nilo y superar la situación actual de los países de dicha cuenca, ya que repetir posiciones anteriores sería una evidente ausencia de visión estratégica. El problema de Egipto y los otros países de la cuenca del Nilo no es solo la inexistencia de relaciones diplomáticas, sino que sus planes estratégicos requieren un examen mucho más profundo que el que se realiza ahora.
En la citada reunión se presentó una propuesta separatista en la que participó el embajador Magdi Amer —que ocupa el cargo de auxiliar del ministro de Exteriores para los asuntos de la cuenca del Nilo— y Hani Raslan —redactor jefe del archivo estratégico del periódico Al-Ahram y director del departamento de estudios de Sudán y la cuenca del Nilo del centro de estudios Al-Ahram—. La sesión sirvió para indagar en los puntos conflictivos del acuerdo de Entebbe. El ministro de Asuntos Exteriores egipcio mencionó que se convocará una reunión en Ruanda en julio para presentar una propuesta conjunta egipcio-sudanesa. El embajador Magdi Amer expuso que existe un acuerdo verbal entre Egipto, Sudán y Etiopía sobre la presa del Nahda, que se construirá en Etiopía. El embajador añadió que si se confirma que la construcción de esta presa puede perjudicar a Egipto y a Sudán, habrá que volver a considerar el proyecto. Hani Raslan se refirió a varios puntos importantes del acuerdo y a su falta de visión íntegra; recordó que el asunto no tiene que ver solo con la cuestión del agua, sino que también comprende cuestiones políticas y económicas que necesitan coordinación entre Egipto y Sudán. Asimismo, se pidió la formación de una comisión gubernamental egipcia para la cuenca del Nilo y África que establezca políticas y coordine las distintas instituciones implicadas. Su opinión es que Egipto necesita concentrarse en el continente africano a fin de participar en la resolución de conflictos. En esa línea, apoyó las reivindicaciones africanas en todos los ámbitos internacionales. De todo esto se desprende que hay quienes todavía tratan las cuestiones africanas tal como se hacía en tiempos del presidente Gamal Abdel Nasser, mientras que el resto de los países tienen hoy la capacidad suficiente para solucionar sus problemas de manera eficaz en el ámbito internacional.
Lo importante es que Egipto se dé cuenta de que los problemas acerca del agua del Nilo a los que se enfrenta no se fundamentan en relaciones generales sino que emanan de la existencia de un factor externo que tiene en su punto de mira a Egipto y que no quiere que ese país tenga poder alguno en el futuro. Por lo tanto, Egipto tiene que afrontar esta situación con fuerza ya que aunque estuviera en condiciones de solucionar sus problema por vía diplomática, eso no ocurrirá hasta que no se hagan muchas concesiones; eso es lo que buscan y conseguirán algunos de los países, con Israel a la cabeza. En todo caso, la verdad de la que tiene que ser consciente Egipto es que las fuentes del Nilo quedan a miles de kilómetros de sus fronteras y que para proteger sus intereses tiene que, primero, aproximarse a dichas fuentes mediante la consolidación de su relación con Sudán, ya que ambos tienen intereses comunes; y, segundo, debe tener poder disuasorio para que aquellos que tienen en mente conspirar contra el país reconsideren mil veces su forma de pensar.

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