Fuente original en árabe: Annahar
Traducción al español para AISH: Laila González
Yo, de nacionalidad libanesa, que soy víctima de mi nacionalidad de segundo grado (si me lo permiten, por ser mujer) y traicionada por mi nacionalidad (porque solo equivale a dependencias sectarias, tribales y de partidos), hoy puedo anunciar que por fin pertenezco a un Estado que santifica los derechos humanos, no hace distinción entre sexos y respeta el papel y las capacidades de la mujer.
Un Estado que considera que la libertad es un derecho y no un requisito, garantiza a sus ciudadanos una vida digna y una seguridad social fuerte y no se dedica a maltratarles y a subyugarles a diario. Un Estado secular que separa el gobierno de la religión, en el que los diferentes líderes espirituales asumen o no la gestión de las circunstancias personales de su gente, según la doctrina y la comunidad a la que pertenezca.
Un Estado en el que los ciudadanos no queman neumáticos en las calles como protesta, porque con ellos estarían quemando los sueños de los jóvenes y extinguiendo sus futuros. Un Estado que no practica sin vergüenza una censura previa a las obras literarias y artísticas.
Un Estado al que sus habitantes pertenezcan y del que se sientan orgullosos, en lugar tener que ver cómo comete adulterio con Irán, Arabia Saudí, Siria, Catar, etc. Un Estado en el que los edificios no se derrumban repentinamente sobre las cabezas de sus habitantes. Un Estado en el que la electricidad no es un chiste ridículo y en el que uno de sus partidos no inhabilita el camino al aeropuerto cada vez que ocurre algo que no le gusta.
Un Estado en el que el lenguaje y la práctica política no se rebajan a límites repugnantes. Un Estado en el que sus ciudadanos todavía corren hacia las bibliotecas, devoran libros en los autobuses, los trenes, las cafeterías y los parques. Un Estado que respeta la naturaleza y protege los espacios verdes para que sus hijos respiren. Un Estado que respeta los derechos de sus ciudadanos y éstos respetan sus responsabilidades para con él. Un Estado en el que el individuo es un individuo y no un simple número en un conjunto, y sus habitantes son realmente personas.
Un Estado en el que sus ciudadanos no suspiran delante de cualquiera que tenga una segunda nacionalidad diciendo: «¡Qué envidia!». Un Estado que nos quiere antes de que nosotros le queramos y nos abraza antes de que nos sacrifiquemos por él, y donde podemos hacer realidad nuestros sueños y aspiraciones con trabajo duro, esfuerzo, lucha y determinación. Un Estado que rechaza la intolerancia y el clasismo, la inmoralidad y el rencor, la guerra, la violencia, el odio y la fragmentación a favor de la dignidad humana, la justicia, la honestidad, la unidad, la integridad y el respeto a lo diferente. Un Estado en el que las voces de la razón, la lógica, la ciencia, la cultura, la ética, la esperanza, los sueños y el amor superan la de la desesperación, la sequía, el odio, los instintos, el veneno, el rencor y la división.
Sí, yo, ciudadana libanesa orgullosa de mi dolorosa nacionalidad, a pesar de todo lo anterior, anuncio con orgullo, pero con pena, que por fin pertenezco a un país laico, democrático, libre e independiente, que me merezco y que me merece.
Hoy he obtenido la nacionalidad… francesa.

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