La noche cae y la carretera de El Cairo se inunda de taxis.
Machacados, “hechos polvo”, como describe David Muñoz, el director del documental Otra noche en la tierra. Los vehículos navegan por un Nilo de tierra “semidestrozado” que destila melancolía “para contrastar con la fuerza de los cambios revolucionarios”.
Dentro de los coches de alquiler la vida resurge en Egipto. Pausada. Acelerada. Ajena al trajín que agita la ciudad al otro lado del cristal. Tan solo unos centímetros más allá. Por solo unos minutos.

Al mismo tiempo, universos paralelos se unen. Se trata de una vida conectada con ese “otro lado” (alojado en la orilla opuesta de la ventanilla). Vida aferrada al día a día de los egipcios que, por un momento, se olvidan del exterior para solucionar sus problemas cotidianos, entre los asientos del vehículo, y luego volver a fundirse con el mundo real. Y sufrirlo. Los viajantes charlan ante la atenta mirada de un ojo inhumano. Inmóvil. Invisible.
Al más puro estilo Direct Cinema, sin interferencias, David Muñoz deja constancia de las preocupaciones egipcias, tan solo un tiempo después del inicio de su Revolución. La intención del director es no intervenir en la realidad. No hace entrevistas, no se inmiscuye en los diálogos, no los orienta. Todo surge de forma natural. Únicamente una cámara instalada en el taxi lo registra todo. Un objeto que se oculta y entremezcla con los viajeros, como uno más, haciendo honor al concepto Fly on the wall. El transeúnte sabe que está ahí, pero ni siquiera la mira.
Vienen y van. Aquellos que ven la cámara y no están dispuestos a soportar su presencia, simplemente, no suben al taxi. Quienes lo hacen, debaten gustosamente sobre cualquier tema.
Conversaciones muy variadas que van de lo más cotidiano y hogareño, a la política del Gobierno de Mubarak: “nos vendió, nos arruinó y nos quitó la libertad”; tras pasar por la educación y las malas condiciones de una población que, en muchos casos, no puede “comer, beber, ni vivir”; como afirma uno de los ciudadanos que, libremente, habla en uno de los trayectos. Incluso se debaten los problemas de género y reconocen el miedo a que el futuro de la mujer “que aún no tiene derechos en Egipto”, se vea condicionado por el liderazgo de los Hermanos Musulmanes. “¿Obligarán a que las mujeres se cubran el cuerpo? ¿Les prohibirán relacionarse con hombres?”.
“Se han cargado la Revolución”, dice una mujer con hiyab en una de las carreras. “Es que no hay Revolución”, le responde el taxista, “una Revolución implica cambios a todos los niveles y ahora estamos peor que antes”.

Taxistas de todo tipo aparecen en el documental. Algunos muy habladores, otros casi mudos —que literalmente no pronuncian palabra alguna, aun viéndose motivados por sus acompañantes—. Uno de ellos sorprende al espectador. Aunque es más correcto hablar de ella, la mujer taxista y el gran descubrimiento del documental. Una señora de sesenta años que conduce su taxi día y noche desde hace treinta y dos años, ante la mirada desconfiada de algunos —hombres y mujeres—, y los comentarios de desaprobación, “este trabajo es duro, para hombres musculosos”, le dice una joven. “Señora, usted tiene que quedarse en casa y cocinar. Apuesto a que no cocina bien”, opina un hombre. La mujer, viuda, que fuma en sus ratos libres, tiene carácter y afirma conducir a todas horas, atender a sus hijos y realizar las tareas domésticas. Todo un ejemplo para la sociedad egipcia que necesita, sea como sea, “llevar dinero a casa”.
Mientras tanto, los faros iluminan la noche. Conversaciones que reflejan las necesidades de los egipcios, la falta de sueldo fijo, la imposibilidad de mandar a todos los hijos a estudiar a la universidad, el problema del dinero, “quien no tiene, se va a la mierda”. “Egipto se está echando a perder”.
Y una frase que sobresale de la historia: “¿Participaste en la Revolución?”, comenta un taxista a uno de los viajeros, “no”, responde. “Entonces perdiste la mitad de tu vida”.
El director David Muñoz es polivalente. Dirige, graba, produce, monta... todo su trabajo. Para llevar a cabo este proyecto —desarrollado en la clandestinidad, sin permisos ni autorizaciones, en el que empezó a trabajar en marzo de 2011 y el cual se materializó en septiembre del mismo año— alquiló varios taxis, durante siete u ocho horas diarias, en diversas jornadas. Comenta que las conversaciones surgieron de forma totalmente espontánea, de hecho, no supo lo que decía la gente hasta que los diálogos no fueron traducidos. El taxi le proporcionaba un escenario adecuado para su objetivo, “era un espacio aislado, privado, controlado”. El proceso duró hasta que en septiembre tuvo que abandonar Egipto cuando las cosas se complicaron. Sus amigos, aquellos con los que se hospedaba, fueron detenidos. Él, de momento, no puede volver a Egipto.

La original idea es similar a la que el escritor egipcio Khaled Al Khamissi plasma en su libro Taxi. Traducirla en un documental se le ocurrió después de asistir a un festival en Suez y pasar un largo espacio de tiempo viajando en taxi y conversando con el conductor. Su título pretende ser un homenaje a la película Una noche en la tierra, para esta vez plasmar una historia “menos ficticia, más real y política, reciclando el nombre”.
El documental finaliza al alba, cuando los taxistas descansan del duro trabajo nocturno en una barca tumbada sobre el Nilo.
“El Nilo es, asimismo, una carretera donde puede escucharse el murmullo de la ciudad”. Una ciudad, por la noche, conducida sobre el asfalto. Y que al amanecer, descansa sobre el agua.

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