Difícil, casi imposible centrar la atención sobre lo que está aconteciendo en un único país del mundo árabe. Las perspectivas internas se entrecruzan con las regionales e internacionales. En esta desorganizada afluencia de hechos es necesario tener en cuenta cada detalle, las previsiones de unos y otros, las interpretaciones y por encima de todo ello las sensaciones de los que están viviendo las revueltas árabes.
Las manifestaciones para exigir derechos básicos, para denunciar la corrupción de las autoridades o cuestionar a los máximos dirigentes se han asentado en las calles árabes. Ahora se atreven a decir lo que piensan y dependiendo del lugar donde piden libertad y dignidad, están dispuestos a sacrificar todo, incluidas sus vidas, para que el cambio sea completo.
Una vez olvidado el simplista “efecto dominó” con el que Occidente se empeñó en clasificar lo que estaba pasando en el mundo árabe, después de haber comprobado la determinación de los que rechazan que nadie les siga dictando su presente, los árabes intentan establecer una nueva convivencia y aprenden a sacar el mayor partido a su nueva fuerza.
Al margen del no siempre racional interés de los países desarrollados por el período de la historia que los árabes comenzaron en diciembre de 2010, en AISH vamos a esforzarnos en establecer un seguimiento real, donde destaquemos circunstancias que quizás sean determinantes para ayudarnos a entender, o que es posible que finalmente se queden en detalles de una etapa apasionante de los países de esta parte del mundo.
La situación del Magreb y el Machrek (Oriente Próximo) requiere paciencia -aguantar la respiración- y acción al mismo tiempo. La guerra civil libia, las últimas palabras de Muammar Gadafi, suplicándoles perplejo a sus “hijos” que le explicaran lo que estaba sucediendo, recordándoles que él es el líder de la Jamahariya, de su unidad, han sido uno de los puntos álgidos de las revueltas árabes. Igual que el inaudito último discurso de Hosni Mubarak un día antes de dejar el poder, o las palabras del los presidentes de Siria y Yemen convencidos de que están ejecutando las reformas que pide el pueblo, que están escuchando a los que les cuestionan desde hace mese en las calles.
El nacimiento de la Nueva Libia obliga a cuestionar la utilidad de la intervención internacional, los intereses de los que ahora se quitan el sitio en la cola para firmar los acuerdos de explotación petrolera. Tres países más allá, hacia el este, los sirios, con una media de veinte personas muertas al día, una cifra que está superando el centenar los viernes, se preguntan por qué la OTAN no acude también en su auxilio, por qué no establecen una zona de exclusión aérea que evite los ataques del Ejército a los manifestantes , o por qué Turquía, miembro de la OTAN, no propone la creación de una buffer zone (zona tapón) en la que los familiares de los militares desertores puedan refugiarse para que se produzca la gran escisión que haga caer al régimen de Bachar al Assad.
Entre las comparaciones también hay que prestar atención a las primeras elecciones legislativas libres que los tunecinos celebraron el pasado 23 de octubre. Con una participación de casi el 70%, los ciudadanos demostraron que no van a permitir que vuelvan a manipularles y a decidir por ellos. Los resultados, esperados, aunque quizás no en proporciones tan contundentes, podrían ser un ensayo de lo que ocurra en Egipto a finales de noviembre.
Occidente va a tener que estudiar la trayectoria e influencias del islam político, aprender a dialogar y tratar una tendencia ideológica que ha demonizado durante décadas. Los tunecinos y egipcios buscan estabilidad en los partidos que consideran mejor organizados, mientras un importante porcentaje de esas sociedades trabaja y se prepara para que en una posterior votación, la decisión responda a razones ideológicas más que prácticas.
La ansiedad por el cambio, por alcanzar resultados, por dejar atrás los graves problemas económicos, por vencer los miedos al sectarismo y la división, puede parecer negativa. Pero los resultados no definitivos que están alcanzando los árabes son claros. El mundo árabe está estableciendo sus propias normas, no volverán a aceptar que el trato no sea de completa igualdad, ni que el respeto se limite a las élites.
Seguimos con las parejas. ¿Quién será el próximo dictador/dirigente árabe en caer? Porque ahora ya no hay duda de que el proceso de cambio no se detendrá. La situación es insostenible tanto en Siria como en Yemen. El regreso del presidente Ali Abdallah Saleh tras el atentado que sufrió el pasado 3 de junio (estuvo hospitalizado en Arabia Saudí durante 3 meses), ha generado nuevos enfrentamientos entre las tropas gubernamentales y las que desertaron en marzo, al mando del general Ali Mohsen. Pero ese es un conflicto al margen de la protesta de la oposición política que lleva más de 10 meses pidiendo de forma pacífica el fin del régimen. La compleja situación interna de Yemen hace que el movimiento de protesta quede en un segundo plano, a la espera de que el cese de la violencia lleve a Saleh a firmar el acuerdo del Consejo de Cooperación del Golfo.
“No hay marcha atrás”, aseguran tanto los activistas sobre el terreno como los que están huyendo de Siria para no ser detenidos y torturados. La impunidad con la que el régimen de Bachar al Assad está masacrando a su pueblo obliga de nuevo a pensar en el papel de la comunidad internacional, en la utilidad de la ONU, un organismo creado para evitar nuevas guerras, torturas, las desapariciones… que es en lo que se ha convertido la cotidianidad de miles de sirios que seguirán gritando, marchando y organizándose hasta el final. La Liga de los Países Árabes, a través de la oportunista mediación que dirige Qatar, se acerca de nuevo al régimen para plantear la misma hoja de ruta que nadie cree que sea posible aplicar ya en Siria (reformas reales, liberación de presos,…fin de la violencia). Estados Unidos, tras haber dejado claro a través de su embajador Robert Ford, que quieren un cambio de régimen en el país árabe, apoyan la protesta interna mientras estudian nuevas formas de presión a un régimen acostumbrado a lidiar con el aislamiento y las sanciones económicas.
Última pareja. Las monarquías de Jordania y Marruecos reforman sus Constituciones, se muestran dialogantes, pero siguen cometiendo errores que la calle no está dispuesta a aceptar. El tiempo no juega a favor de los acomodados dirigentes cuyo poder heredado no había sido nunca cuestionado por una fuerza tan pura como la actual. El rey Abdallah II ha nombrado a un nuevo Primer Ministro y ha expresado de nuevo ante el Parlamento su deseo de que las reformas se lleven a la práctica, pero su discurso ni siquiera genera suficiente confianza en la oposición que ya ha anunciado que no se involucrarán en un cambio que no sea real. Mientras el monarca sea quien designe al que debe formar el nuevo Gobierno y los ciudadanos sigan sin ser escuchados, mientras el poder de veto y de última decisión siga recayendo sobre el rey, el movimiento de protesta no quedará satisfecho. En Marruecos los ciudadanos quieren comprobar hasta qué punto la reducción de poderes de Mohamed VI es efectiva, si el traspaso del poder ejecutivo al jefe del Gobierno no está sujeta a ningún tipo de condiciones o revisiones finales que obliguen de nuevo a obtener el beneplácito del rey.
La gestión del caos que la calle árabe intenta provocar, está permitiendo que se produzcan movimientos interesantes. Los dirigentes palestinos han tomado la iniciativa y dejando atrás a los padrinos occidentales, a las naciones amigas europeas que tan poco han podido o sabido hacer por la causa palestina, y a los falsos simpatizantes, se han lanzado a la carrera por el reconocimiento de su estado, conscientes de que no tienen nada que perder. Su determinación es la misma que está provocando el cambio en muchos países árabes; la diferencia es que los que dirigen este órdago son las autoridades palestinas, dispuestos a hacer tambalear los pilares de la acomodada sede de Naciones Unidas. El discurso de Mahmud Abbas el pasado 23 de septiembre ante la Asamblea General empieza a recoger los frutos del atrevimiento (provocado inicialmente éste también por los palestinos en la calle) con la aceptación de Palestina como el Estado 195 de la UNESCO. Es sólo el comienzo, como el de todos los procesos en curso en la región.

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