Barakat, Huda. El labrador de aguas. Barcelona, Belacqva, col. La otra orilla, 2007. Traducción de Anna Gil Bardají.
Nicolás no podía ser otra cosa que comerciante de telas, como lo fueron su abuelo y su padre, de quien heredó no solo la pasión por los tejidos, sino tal conocimiento de ellos que los dota de alma. Pero eso el lector va sabiéndolo a medida que avanza el libro, porque Nicolás está solo; la guerra, una de las muchas del Líbano, lo ha destruido todo. No le queda más que el sótano del comercio, y allí se refugia, entre el delirio y la supervivencia. Y desde allí cuenta sus esfuerzos por seguir vivo, intercalados con los recuerdos de esas personas que fueron importantes en su vida y que han muerto: su padre, que representa a toda una estirpe de comerciantes libaneses; su madre, un personaje siempre en otro plano de la vida cotidiana, y, sobre todo, Shamsa, la joven kurda que servía en su casa y era su amante, que encarna la sabiduría popular y la fuerza de la vida.
Parece ser que el título del libro alude a una imagen fenicia de aquellos que no aran la tierra sino que construyen ruinas. Y de eso es de lo que trata esta novela, de ruinas: de las ruinas de una vida, la de Nicolás, que ha perdido a todas las personas a las que amaba, e incluso a aquellas que sin ser especialmente queridas, poblaban su paisaje. Así, en sus recuerdos van apareciendo personajes secundarios, que no despiertan un sentimiento o una emoción como los principales, pero sí son piezas de los cimientos de la ciudad, por eso van asociados a lugares concretos, aunque ya no existan, ni los lugares ni esas personas. En los días del protagonista no hay nadie; el resultado de la guerra es la soledad, la incertidumbre, la pérdida de referencias: «A veces me sucede eso, me da por caminar paralelamente a mí mismo, como si me estuviera contemplando, sin sentir que lo que estoy viendo es real hasta mucho tiempo después». La guerra es el escenario omnipresente de la novela, pero lo es sin ruido, casi por ausencias. Solo en algunos momentos su presencia se hace brutal; unos bombardeos o esos perros salvajes que se convierten en la obsesión del protagonista, hambrientos, sanguinarios, inmisericordes, devoradores de restos humanos. Los perros, cuya presencia en la ciudad es real, parecen uno más de los elementos simbólicos de la novela: el depredador, la muerte presente en todos los rincones, en todos los momentos, el miedo «en el país de las guerras». Es tal la soledad que uno de los perros acabará siendo la única compañía de Nicolás, y su salvador, cuando se enfrente a la crueldad real, que no es la del depredador que lucha, sino la del miserable que ejecuta a un montón personas contra una pared.
La otra gran protagonista de la novela es Beirut, la ciudad por la que Nicolás camina en su recuerdo, porque, de hecho, recorre las ruinas y va rememorando lo que había en cada palmo de las calles, con una precisión casi obsesiva: plazas, fuentes, cines, bares, mezquitas, calles, el olor del mar; una ciudad fantasmagórica, destrozada, pero no muerta. De hecho, Beirut es uno de los grandes personajes de la novela, o quizá su protagonista. Huda Barakat sintió la necesidad de recrear una ciudad que ya no existía cuando escribió esta obra, como si su esfuerzo fuera una especie de reconstrucción, su venganza contra la guerra y la destrucción. En una conferencia, la autora decía que los libaneses no conocen su historia; ella está dispuesta a hacer todo lo que pueda para contrarrestarlo. «Los libaneses viven de mitos y los mitos explotan. La guerra civil no ha acabado. El odio sigue allí». En la novela lo refleja en una especie de sino fatal que afecta al Líbano y, sobre todo, a Beirut. Cuenta el protagonista: «Mi abuelo solía decir que una ciudad construida bajo la influencia de Saturno, como explican los antiguos, no puede ser próspera durante mucho tiempo. La abundancia solo dura hasta que el desbarajuste y el caos vuelven a ponerlo todo patas arriba». Los ciclos de destrucción y renacimiento parecen una constante en Beirut, algo que quizá conviene tener presente hoy, por lo que pueda pasar. El protagonista los recuerda (y ofrece así al lector una lección de historia) y los acepta como inevitables: «[Mi abuelo] llevaba la cuenta del tiempo en que la bonanza reinaba sobre Beirut y afirmaba que el siguiente infortunio estaba al caer, que un período de prosperidad como aquel acabaría, a la fuerza, por llegar a su fin [...] la vida solo es capaz de renovarse después de un largo período de muerte y destrucción». Inútil rebelarse: solo hay que sobrevivir a ese periodo de destrucción, y eso es lo que hace Nicolás.
Pero en este relato, la historia se manifiesta en más de un plano. «Tu madre es de seda. Lo entenderás cuando seas mayor», le decía su padre para justificar su absoluta supeditación a una mujer por la que el hijo está igualmente subyugado, como también le ocurre con Shamsa. Nicolás reconoce no estar a la altura de ellas, ni siquiera a la de su padre, y, sin embargo, es el único superviviente. En la guerra no funciona la selección natural; seguir vivo o morir es un azar, tan injusto como inevitable. La madre, como todo en la escritura de la autora, parece una metáfora. Una mujer amante de la ópera, que quiso ser cantante y no pasó de ir una vez por semana al encuentro de un profesor; la esposa del comerciante, que detestaba las telas pero amaba los vestidos, caprichosa, sibarita, tirana en ocasiones, cruel, lejos de la madre amorosa y entregada que un hijo desea, aquejada por la misteriosa enfermedad de la seda, que se parece demasiado a la locura. La seda cobra una importancia tal que parece, sobre todo hacia el final del libro, la protagonista del relato, casi su justificación última. A pesar de que es interesante lo que se cuenta de ese tejido, hay, quizá, una abrumadora cantidad de información y una explicación demasiado prolija de mitos y tradiciones, como si la autora se hubiera documentado tanto que le costara dejar fuera algo de lo averiguado. El problema radica en que esos detalles —como cada vez que habla de mitos y cosmogonías— se acumulan en vez de repartirse intercalados con los otros temas que tejen la trama de la novela. Da la sensación de que en los últimos capítulos se precipitan las soluciones.
Shamsa, el otro personaje femenino, es la amante sensual y apasionada, cariñosa y fiel. No parece una casualidad que sea kurda. Probablemente lo son muchas de las mujeres que trabajan de sirvientas, así que el lector percibe una pincelada de la sociedad libanesa. Aunque la muchacha pueda ser el símbolo de la minoría kurda, pasa de metáfora a realidad histórica cuando, al recordar a una Shamsa ya convertida en mujer, la novela da una pirueta de metaliteratura; el protagonista narrador relata que Shamsa le contaba la historia del pueblo kurdo y le cede la voz. Parece casi un acto de respeto por parte de la autora, que reivindica así los derechos y la dignidad de los kurdos. Por otra parte, no es el único rasgo literario que recuerda a Las mil y una noches. Shamsa es un recuerdo, sirve de refugio, pero también de hilo conductor para contar las historias —las vidas— de los tejidos, repartidas en veladas. Un día es el lino, que tiene la ternura de la adolescencia; otra noche es el terciopelo, la carnalidad de una mujer adulta. El brocado y los encajes, y, finalmente, la seda, culminación de los tejidos y de la pasión de Nicolás y Shamsa. Esa pasión que él recuerda, refugiado en el sótano de la tienda, rodeado de telas que disfruta con todos sus sentidos, como hace con todo lo que encuentra en sus recorridos por la ciudad: el agua de una fuente, una garrafa de aceite, unas matas de hierbabuena. Cuando no se tiene nada ni a nadie, hay que oler, tocar, escuchar, mirar o comer cualquier cosa que surja entre las ruinas.
Por lo que respecta a la lengua, Huda Barakat escribe en árabe estándar moderno. Según ella misma afirmó en la citada conferencia, no necesita el dialecto porque en su literatura no hay diálogos (así es en este libro) y a ella le apasiona ese árabe formal, el fusha con sus más estrictas reglas. Es una lástima que la edición en castellano no hay sido tan escrupulosa con la lengua. Si bien la traducción es buena, el castellano podría ser un poco más depurado y exquisito, sobre todo en su sintaxis. Todo parece indicar que la edición no ha cuidado los procesos de corrección, hasta el punto de tener que sufrir en la lectura algunos errores gramaticales muy básicos. Por supuesto, eso no es óbice para la lectura, pero sí desmerece esta edición, en la que también sorprende que no se hayan encontrado términos equivalentes para los nombres de algunos tejidos.
Merece la pena leer esta novela; porque es una historia emocionante e interesante, uno de esos libros que permite disfrutar de la lectura y aprender algo en cada página (sobre historia, telas o geografía, entre otras cosas). Y también porque es una excelente novela de una extraordinaria escritora. Barakat es una narradora consistente y concienzuda, que no construye una narración simple, aunque se puede leer como tal, sino repleta de referencias mitológicas, culturales e históricas. Se aleja de la narrativa árabe contemporánea memorialística para entrar en un mundo puramente literario: si se eliminaran las referencias concretas a Beirut, El labrador de aguas podría ser la novela de la destrucción de cualquier ciudad en cualquier guerra y de la supervivencia de cualquier hombre corriente. Lo que caracteriza esta novela no es que sea árabe, sino el tema que aborda y que lo trata con la dosis de compleja irrealidad —incluso de surrealismo— que Barakat pone en todos sus relatos, interesada en construir personajes que quedan al margen de la vida cotidiana, por la guerra o por la locura, o por la locura que produce la guerra (en La luz de la pasión). Si hubiera que decir en una palabra cuál es el tema de esta novela, la palabra sería ruinas. La autora no puede alejarse de todas las heridas de la guerra, de todas las ruinas; y eso salimos ganando los lectores, porque esas heridas alimentan una literatura profunda y hermosa.

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