El Cairo - En el barrio cairota de Mokattan, un edificio se impone sobre el resto de casas residenciales por su dimensión, su perfil fastuoso y su emblema de espadas cruzadas. Dentro reverbera el eco característico de los amplios espacios todavía nuevos, sin apenas mobiliario que amortigüe la palabra firme, tranquila y segura de quienes se sienten ganadores de la revolución y del proceso electoral que acaba de comenzar en Egipto. Prohibidos, aunque autorizados en listas independientes, durante la era de Hosni Mubarak, los Hermanos Musulmanes han liderado algunas de las convocatorias masivas de la revolución y, pese a su reciente ostracismo, estrenan una sede mitad palacio, mitad edificio administrativo. Su brazo político, el Partido Libertad y Justicia, se ha posicionado como la fuerza más votada en la primera etapa de las elecciones parlamentarias con más del 35% de apoyo (resultados todavía no definitivos).
Como el rostro fotografiado de cada uno los líderes que preside la entrada a la sede, incluida la de su fundador en 1928, Hassan al-Banna, en la frente de Mahmoud Ghozlan, miembro Ejecutivo de la organización, destaca la señal amoratada de quienes rezan cinco veces al día. Nos saluda posando la palma de su mano sobre el pecho para evitar el contacto con la nuestra. Cada movimiento y cada una de sus palabras es cuestión de fe. Con 45.000 miembros en las cárceles durante su etapa prohibida y varios muertos por torturas, la grandeza que ahora muestra la organización se explica “porque están con Dios o, mejor dicho, Dios está con ellos”.
Ghozlan recuerda cómo el régimen de Mubarak les utilizaba para “dar miedo en el interior y en el exterior” de sus fronteras. Tratados como “terroristas” con ese halo de temor que envuelve las siglas de una formación clandestina, no habían perdido el apoyo que ahora sale a la luz, y se postulan como una fuerza mayoritaria en las dos cámaras donde, asegura, demostrarán su compatibilidad con la democracia en la que quieren participar. “El Islam es democracia y viceversa”, resume sobre su ideario social y político, que incluye el derecho a voto, la libertad de expresión, libertad religiosa, pero con “una diferencia”: Por encima del pueblo está Dios. “Las drogas, el alcohol o la relación entre dos hombres”, como se ve en Europa, donde “el pueblo puede hacer lo que quiera”, no cabe en un “país islámico” como Egipto. “Porque lo primero es el Islam y Dios dice que esto es incorrecto”.
Igual de incorrecto que sería tener una mujer presidiendo el país por lo que no comparten la candidatura de Bokhaina Kamel, la primera egipcia que se atreverá a participar en la carrera presidencial prevista para antes del 31 de julio de 2012. Aunque aclara: Por debajo del presidente, el resto de cargos están abiertos a una figura femenina. Algo que el PLJ también practica. Tampoco apoyarán la candidatura de Abdel Moneim Abu Futuh, pese a que era un destacado miembro de los Hermanos Musulmanes, que ahora se presenta como independiente. “Nosotros decidimos no participar en las elecciones presidenciales”, sentencia.
El objetivo de la organización se centra en “ganar la confianza de la gente” y en su estrategia los pasos están medidos. “No tomamos decisiones con el sentimiento o cuando estamos nerviosos”. Por eso, aunque el viernes 18 de noviembre fueron promotores de la manifestación masiva en Tahrir por su oposición a los Principios Constitucionales que presentó el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA), decidieron retirarse cuando las protestas continuaron el sábado y comenzaron los enfrentamientos con las fuerzas de seguridad. Antes, sondearon la situación desde Alejandría hasta El Cairo, pasando por las regiones donde se habían extendido las protestas. Tras ver que la tensión iba en aumento, decidieron desvincularse. Están convencidos de que los militares querían aprovechar su participación para “provocar el caos” y evitar que llegaran a las elecciones.
Los Hermanos Musulmanes miden sus fuerzas con el Gobierno Militar y dicen haber perdido la confianza que depositaron en la Junta al principio de la revolución. Sin embargo, a diferencia de las reivindicaciones de los que permanecen en Tahrir, han aceptado el calendario propuesto por el jefe de CSFA, Hussein Tantaui, a seguir en cuatro pasos: Elecciones parlamentarias y legislativas, aprobación de la nueva Constitución, elecciones presidenciales y traspaso definitivo del poder militar a un Gobierno civil. Durante la única reunión que, como afirma, han mantenido con el Gobierno miliar, han reiterado su apoyo a este camino sin descartar nuevas movilizaciones si el CSFA ralentiza el proceso.
También rechazan el Gobierno de Salvación Nacional alternativo propuesto por Tahrir y liderado por el Premio Nobel de la Paz, Mohamed al Baradei y Abu Futuh, pero comparten que se investiguen los posibles abusos cometidos por la policía y los militares desde el principio de la revolución hasta la semana previa a las elecciones. El portavoz de la organización sospecha que, pese a lo que se ha anunciado, no se ha iniciado ningún proceso para depurar responsabilidades entre el Ejército y las fuerzas de seguridad.
Los Hermanos Musulmanes parecen querer tener su propio papel durante el proceso de cambio que inicia Egipto; sabedores del apoyo social que han demostrado desde los primeros días de la revolución, convertido en oficial con los primeros resultados provisionales de las elecciones legislativas del 28 y 29 de noviembre. Para quienes no terminan de entender su posición, algunos días cerca de Tahrir, otros siguiendo los pasos del Gobierno militar; Ghozlan insiste en que no tienen ningún acuerdo con CSFA, que defienden los derechos de las víctimas y heridos durante estos diez meses y apoyan el enjuiciamiento de los antiguos miembros del régimen. Algunos de ellos, todavía hoy en el poder que sustenta el Consejo Supremo.

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