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INVIERNO, PRIMAVERA, VERANO, OTOÑO, INVIERNO…

Written by Carla Fibla Sunday, 18 December 2011 18:31

Quedan meses, quizás años para que podamos considerar que las revueltas, que comenzaron a tomar forma en la calle a mediados de diciembre de 2010 en Túnez, y que se extendieron por el mundo árabe tras la huída a Arabia Saudí del dictador Ben Ali el 14 de enero de 2011, han concluido su primera etapa.

Por eso pasamos del invierno a la primavera, al verano, al otoño y ahora de nuevo al invierno con una región cada día más viva, con más energía para llegar hasta el final y ejecutar sin reparos el enorme cambio que se han propuesto.

Intentar seguir lo que ocurre en los países del Golfo, liderados por los movimientos y diferentes conflictos internos en Yemen y Bahréin, pero también las ya no tan incipientes reacciones de la población o de algunos sectores políticos que se han ido produciendo en Arabia Saudí, Omán, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, e incluso en Qatar, aunque la poderosa televisión Al Yazira, en su particular definición de la objetividad informativa, no haya prestado mucha atención.

Al poner el termómetro a los países donde ya se ha producido el primer paso del cambio, en los que el dictador no forma parte del presente, las dificultades han adquirido una forma diferente, en ocasiones incluso más peligrosa porque ahora se exige una actuación transparente, sin máscaras; y se obliga a tomar decisiones a cambio de vidas humanas. Porque durante este comienzo de revoluciones árabes, a los largo de los últimos doce meses, además de la determinación y, como explicábamos en los primeros análisis, la pérdida del miedo, también ha quedado patente el escaso valor que sigue teniendo la vida de los ciudadanos que se están manifestando en las calles árabes.

Acabo de recorrer los tres países “liberados”. Túnez, Egipto y Libia comenzaron sus revoluciones gracias al impulso del acto de Mohamed Bouazizi, que al producirse junto a una serie de circunstancias lo convirtieron en el momento preciso para que todo estallara, porque en 2010 otros dos jóvenes tunecinos, el 3 de marzo en Monastir y el 20 de noviembre en Metlaui, también se quitaron la vida para pedir justicia y dignidad. Aún así, poco después pudimos comprobar que la realidad de cada país provocaría un desarrollo de los acontecimientos muy diferente.

En las manifestaciones tunecinas se inventaron términos como “Degagé” (Lárgate) que lograban aglutinar el odio hacia los opresores, algo  que sí que se propagó con rapidez. Túnez logró finalmente que la comunidad internacional comprendiera que detrás de los folletos turísticos, de la aparente normalidad del país más abierto y supuestamente liberal (por disponer de un avanzado estatuto de la Familia que postula por la igualdad entre hombres y mujeres; o por  acatar referencias consideradas  “occidentales” como  la prohibición del uso del velo o hiyab en las universidades), estaba el sistema policial más temido del Magreb; y que el país, con sus ciudadanos dentro, pertenecía al clan Ben Ali-Trabelsi. La gestión que han empezado a dilucidar los islamistas de Nahda (que accedieron al poder a través de las elecciones del 23 de octubre) así como la grave crisis económica, marcada por una elevada tasa de paro han hecho que la calle vuelva a ser ocupada por ciudadanos indignados. La sede del Ministerio del Interior y la Kasbah, donde está la oficina del Primer Ministro, siguen fuertemente vigiladas por tanques del Ejército y rodeadas por una doble valla de alambre; pero los tunecinos, los mineros del sur y los de clase media-alta de la capital, gritan ahora ante la Asamblea Constituyente, en el Bardo, para asegurarse de que no les roben la revolución.

Apenas unos días antes de que comenzase el proceso electoral que concluirá en marzo, los egipcios ocuparon de nuevo la Plaza Tahrir, instalaron las tiendas de campaña, recuperaron las pancartas, pero ahora en lugar de estar colgado de uno de los semáforos de la emblemática plaza el ex presidente Hosni Mubarak, aparecía el muñeco tamaño natural de un militar. La actuación de la Junta Militar, al mando del país desde el 11 de febrero, está más cuestionada que nunca. Los juicios militares a civiles, las detenciones arbitrarias, torturas y desapariciones que denuncian las organizaciones de Derechos humanos, los blogueros y activistas, hacen que muchos opinen que poco ha cambiado en el fondo. Y no son pocos los que a la grave situación de estancamiento añaden la inseguridad. Ha sido posible comprobarlo en las últimas semanas porque en ciudades como Cairo, Alejandría o Port Said, la desconfianza ha crecido y los bandos parecen ser más importantes que la genuina revolución del 25 de enero.

Todo está por hacer en Libia. El gobierno nombrado por el Consejo Nacional de Transición apenas fue capaz de explicar que Bengazi merecía acoger el acto oficial del nacimiento de la nueva Libia; y de hecho las disputas entre los revolucionarios de Trípoli,  Zawiya, Misrata y Bengazi son habituales.  Los ciudadanos que han estado oprimidos durante más de 40 años miran con recelo a los tecnócratas que acaban de regresar del exilio, desconfían de los acuerdos en negociación para explotar los recursos naturales del país, aunque son conscientes de que tendrán que pagar un precio a la OTAN por ayudarles en su liberación.

Sirte, la ciudad en la que nació, y murió a finales de octubre ejecutado Muammar Gadafi, será uno de los puntos más difíciles de readaptar a la nueva estructura el país. Las casas destruidas por un bombardeo desproporcionado, pero sobre todo el número de víctimas que nadie apunta con precisión, harán casi imposible una reconciliación en los próximos años.

Es agradable no tener que toparse con las miradas orgullosas y altivas de Ben Ali, Mubarak y Gadafi al recorrer los tres países en diciembre de 2011; reconforta presenciar en cafés, sedes de partidos políticos y en asociaciones discusiones acaloradas en las que todo el mundo puede opinar, en las además parecen estar aprendiendo a escuchar; incluso es gratificante sentir la desesperación y la angustia de los que se manifiestan pidiendo libertad y derechos básicos de nuevo en las calles. Todo ha cambiado, no es que los ciudadanos del Magreb y el Machrek hayan decidido que nada será igual tras los últimos doce meses de lucha; sino que ahora, sin una bestia negra definida durante décadas a la que combatir, parecen más humanos, se están permitiendo dudar, equivocarse e incluso rectificar.

El grado de desarrollo del descontento social varía completamente si nos centramos en Siria, Yemen y Bahréin, a pesar de que en los tres países se esté empleando la violencia y opresión para intentar diluir el inevitable cambio. Los relatos de los reporteros que se están jugando la vida entrando de forma clandestina por el norte y el oeste del país para comprobar cómo se organizan los militantes de las Coordinadoras Locales, para hablar con los desertores del Ejército o para presenciar las manifestaciones multitudinarias que diez meses después siguen llenado las calles de Siria, son la muestra de la actual ebullición social. En la silenciada revolución bahreiní, donde la comunidad internacional ha acatado incluso las condenas en juicios militares a médicos y enfermeras por cumplir con su código deontológico y atender a los heridos en las manifestaciones; siguen buscando resquicios para que sus gritos lleguen al exterior, para que no les enmarquen en un problema sectario más (aunque los ciudadanos chiíes sean considerados de segunda categoría por la minoría suní que les gobierna).

Es difícil imaginar con la precisión y rigurosidad que de hecho en Yemen existe el altamente cualificado diálogo y la desarrollada necesidad de cambio. He tenido la oportunidad de dialogar con jóvenes desengañados, frustrados por la falta de medios (tienen una hora de electricidad al día para subir vídeos a Youtube, twuitear y relatar lo que está pasando en el país; o tienen que organizarse para comprar un generador que a menudo no pueden alimentar por la escasez de gasolina) pero completamente convencidos de que no permitirán que su país siga estando dirigido por clanes familiares corruptos.  Como ha ocurrido en otros países en proceso de cambio, hay políticos, empresarios e intelectuales yemeníes trabajando desde hace semanas en el sistema que quieren crear cuando en febrero del año que viene se celebren elecciones y la era Saleh pase definitivamente a la historia. La asunción de responsabilidades por parte del antiguo régimen queda en este caso en un segundo plano, quizás porque los ciudadanos necesitan desesperadamente empezar a construir, poner en marcha los sectores de su economía  (como el turismo o la industria) que les permita salir cuanto antes de la profunda crisis en la que se encuentra la mayor parte de la población.

En varios momentos de este año los analistas árabes apuntaban a los errores comunes de los dirigentes, se preguntaban cómo era posible que los dictadores cometieran las mismas faltas, siguiendo paso por paso, como si se tratara de una “Guía del mal dirigente”, hasta completar el camino que obligó a huir a Ben Ali, a dimitir a Mubarak y que llevó a la captura y ejecución de Gadafi.  Las miradas pesan ahora sobre todos los dirigentes que quedan, que deberían estar aplicando reformas o abandonando el poder ante su incapacidad de cambio. Ninguno de los actuales dirigentes árabes está reaccionando  de forma eficaz, previendo el cuestionamiento de su capacidad para dirigir el país. Las tímidas muestras de estar supuestamente escuchando los gritos de la calle en Marruecos, Jordania, Argelia o en los territorios ocupados palestinos, no sólo no han saciado el deseo de renovación, sino que han provocado una extraña reacción de unión entre sectores e ideologías contrarias que es previsible que en los próximos meses evolucione hacia un movimiento social y político mucho más peligroso para el viejo sistema, anclado en la pleitesía, la sumisión y los excesos de poder.   

La suerte de los dirigentes árabes está echada, han pasado doce  meses en los que los ciudadanos del Magreb y el Machrek han tenido tiempo de practicar métodos de movilización y organización social, y han comprobado que es posible llegar hasta el final. La vida de millones de personas que han participado en las manifestaciones  no sólo empieza a tener sentido sino que vale mucho más de lo que habrían podido soñar.

 

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